JESÚS

Cuando se han cumplido ocho años de la muerte de Jesús Castellanos, rescatamos un escrito de Carlos Ismael Álvarez al respecto de la figura del insigne cofrade que fue Castellanos y cuya figura forma parte de la historia de nuestra Semana Santa y muy especialmente de la Agrupación de Cofradías.

“JESÚS”

Apareció un buen día por el piso aquel de Alarcón Lujan 8 con su torpe aliño indumentario y una melena por los hombros que alarmó a todo el Parque Jurásico. Venía precedido de un halo contestatario y se decía de él que había editado La Saeta pirata con la sola intención de dar estopa. Tenía, a qué negarlo, el pronto pelín impertinente y el natural aplomo de los que saben lo que quieren y a dónde van.

Micrófono en mano, comenzó además a llamar a las cosas por su nombre y cundió el pánico. Por vez primera no todo era sublime y algunas cosas, también, manifiestamente inaceptables. Ese fue el punto de inflexión de la Semana Santa en Málaga, no un pregón, sino una radio fresca y crítica en manos jóvenes que retransmitía procesiones con un desparpajo que atrajo el interés. Y allí, en medio del cotarro, con Paco García y los muchachos que ayudaron a Clavijo en la mítica exposición del 82, estaba ya Jesús, inteligente y ácido, proclamando verdades como puños.

Después vino la ruptura con aquella Expiración de Martes Santo que era, o pretendía ser, a la sazón su cofradía y la puesta en pie, desde la nada, de Los Dolores del Puente cuya primera procesión se repentizó en una semana. El incesante y  creativo Jesús, (la respuesta pronta, el lápiz fácil, las ideas claras), teorizaba arremangado buscando el rostro de Dios, haciendo hermandad, dejando claro que participar es tomar parte, que esto es religión –no moros y cristianos- y que anunciar al Resucitado es la razón de ser cofrade, todo ello con ese vívelo con pasión y lo recordarás con alegría que en los Maristas nos enseñaron desde así de chicos.

Y la mudanza a San Julián, momento a partir del cual se hizo imprescindible ya fuera altar del Corpus, simposium o estatutos, ejerciendo de consejero áulico, otorgando pregones y carteles, sugiriendo comisarios u organizando jubileos mientras desgranaba día a día sin desmayo la letanía inabarcable y renacentista del Jesús diseñador, Jesús vestidor, Jesús ideólogo, Jesús museólogo,  Jesús gurú…

Qué importa lo demás, la espina clavada de La Estrella, cierta intolerancia (la coherencia por encima de la comprensión), qué los piques absurdos, los tomas o lo dejas,  las guerras con el Sur… si queda la honda huella del cofrade fecundo, implicado y lúcido, que hizo de su hermandad referencia y meta de su propia vida.

 

 

 

Carlos Ismael Álvarez